Dice Cugat en su autobiografía: “Frente a la casa donde vivíamos, un valenciano llamado Salvador Iglesias tenía una tienda o taller en el que fabricaba violines y guitarras; la única existente en la ciudad. Y tenía cuatro o cinco años y me pasaba todo el día admirando como hacían aquellos instrumentos musicales. No había tráfico alguno en la calle y yo pasaba de mi casa a la de Don Salvador constantemente fascinado por su trabajo. El 6 de enero de 1906, día de los Reyes me encontré con que uno de aquellos tres Magos me había regalado un violín, como aquellos que tanto admiraba en la tienda lo tomé en mis manos y pulsé maravillado sus cuerdas. Algo extraño invadió mi espíritu y sentí que y nunca más me separaría de aquél instrumento maravilloso. El destino del ser humano viene decidido indudablemente por su carácter: yo he heredado de mi padre su amor al trabajo y su persistencia. La vida depende también de circunstancias imprevistas: es un camino con múltiples curvas, subidas y bajadas. El ser humano anda por ella sin rumbo fijo y en determinados momento ocurre algo que tiene que cambiar todo su porvenir… “. “… La casualidad, quizá movida por la mano de Dios, hizo que el violincito de Salvador Iglesias se convirtiera en la estrella rutilante de mi vida”…